Fragmento de 35 veces vamos a habla de la misma mierda, de Rocío Wittib, en C8

La poesía es el animal lento del lenguaje

.

camino hacia ti pero nunca llego

no sé si estoy haciendo lo correcto pero estoy siendo sincera

.

la poesía es algo un tanto confuso

.

solo podemos aferrarnos al enigma que somos

hace rato hemos dejado de entender el mundo

.

la poesía es tiempo y arde

.

escribo con ayuda de los pájaros, no hay otra manera

va a amanecer

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la poesía es un conjuro para construir mentiras

.

cuando escribo recuerdo

estoy cayendo en los anhelos de la noche

.

la poesía es un animal en busca de guarida

.

seguiré mordiendo el deseo

no me asusta el dolor

.

la poesía es una promesa hostil

.

si me das un buen motivo

diré que soy culpable

Poesía de Natalia Leiderman en el número 8 de Costanza

los mejores poemas

los poemas pensados un segundo antes

de dormirme

de acabar

de morir

seguro fueron los mejores

los poemas que arremetieron

insectos salvajes

cuando menos lo esperaba

me cruzaron el cuerpo

de lado a lado

me abultaron la carne

me inquietaron:

un gusano brillante en el cerebro

la eléctrica voz de un condenado

me dijeron estás viva

y después plop

se disolvieron furiosos en el aire

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a veces hay rastros de magia

la abuela hoy duerme como un animal plácido

elongado, y cuando busca algo en la heladera

algo que está muy abajo y al fondo y tiene

que agacharse, me sorprenden su destreza

sus piernas de catorce años

cuando come chocolate, juega

con el tesoro lento en la boca

y la lengua y los ojos le refulgen

teje sin parar, como una autómata,

sus manos moviéndose como dos adolescentes

desveladas, me pregunto

si así como seguirá creciendo su barba

seguirán tejiendo sus manos después.

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la lluvia que me sanaba

ahora es la fritura

de mi desvelo

suena como telón de fondo

ya no como canción de cuna

ya no como hechizo

¿así va a ser?    

¿todas las cosas

irán perdiendo

su efecto?

Poesía de Andrea Espada en el número 8 de Costanza

Castilla

Un paisaje sin virtudes

peligrosamente solitario

su refugio es la memoria

al mirarlo te hace daño.

El gobierno del cielo se lo traga.

Árida inquisición del viento

que no tiene donde esconderse,

su ánimo desalentado amenaza

la herida descubierta.

El árbol es una isla

el mar la tierra roja,

en ninguna parte duerme la duda.

Una tinaja sin agua no es una tinaja

y menos lo es sin vino             la bota.

El punto negro en el horizonte

es el hombre que avanza,

su espalda arqueada

se cierra al sol,

esclavo de su sombra,

camina el labrador.

Los yermos del hoy

ayer fueron patatas y lentejas

y se guisaba,

y había lumbre…

Tiempo infinito para sembrar.

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Cuando llegue la noche

la distancia será de agua,

la orquesta perecerá en la barca de barro

donde anudados viajan nuestros sueños.

Seremos nadadores precoces

en el mapa del llanto invisible

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Los nervios que me contienen

(poema inédito)

Los nervios que me contienen

deshacen mundos

reflejan mundos

envenenan aciertos

y corren buscando el refugio solar.

La luz siempre nos salva

y nos flagela

el orden de las cosas,

cómo llamarlas: gran maquinaria,

tal vez universo.

La hierba seca arde

decías

quiero regar los surcos donde el silencio.

Los nervios que me contienen 

son un reloj,

el reloj de mi cuerpo marca las sombras

que mi alma dilacera

: creo en mi alma

detengo todos los relojes

ante el sutil brillo de la luna

sobre los naranjos

y la tierra

—dónde está—

: el ojo humano a todo se acostumbra

el árbol quiere ser árbol

las nubes sólo pasan,

es una forma de respirar.

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Poesía de Laura Vacs en C8

Oxígeno

El pasado me busca cual fugitiva.

Sobre la mesa extiende un plano

y prepara estrategias de captura.

Sale a la caza en formación atomizada

pero a medida que avanza se congela.

El éxito de tu cacería también es el mío, pasado:

te alimenté de vida y me permití abrir

tus tesoros escondidos.

Cada vez que tocás la puerta

mi máscara de turno te recibe,

te acaricia, te derrite,

y convierte tu enojo en oxígeno;

ese que atiza el fuego de mis vetas vocacionales

en el hogar donde conviven óleos, palabras,

y persistentes incógnitas.

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No quiero ser huérfana de pájaros

ni de pastos inquietos ni de fuego tierno,

no quiero perder la vista lejana

de las curvitas tras el río

veladas por el aire húmedo,

no quiero mensajes descartables

interrumpiendo esta tarde

de cielo enrulado y canoso y también rosado

y violeta…

Solo quiero hacer un fueguito.

Eso,

y dar un par de pinceladas airosas sobre el cartón

celebrando el placer de lo inútil…

Eso,

mientras los pastos beben desde abajo

el agua que regaló la noche

y los pájaros ejecutan las partituras del día.

Nada más…

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Instantánea II

Una manada de hombres inunda el patio.

Afuera, mi cuerpo yace combado

en la hamaca paraguaya.

Me rodean cortezas añosas y miles de hojas vibrantes.

Veo el rosal florecido, la bicicleta bajo el alero,

tejas nobles y paredes sufridas;

huelo el mar…

Sin embargo, el molino enloquecido grita

mi corpórea intuición:

todo es viento.

Poesía de M.G. Burello en Costanza N8

Pasión

Esta pasión enfermiza que navega en mi sangre

rara vez se atreve a hablar. Apenas se exterioriza

en círculos concéntricos cada vez más amplios,

en la discreta periferia que oscila en mi entorno.

Oscura y secreta, masiva y central,

se agazapa y ruge en la íntima quietud del alma,

en el silencio y la noche de la escenografía externa.

Sólo en mi pecho se oficia esta liturgia privada,

y a cada sesión, se destruye y renueva su alfabeto,

que hoy ni yo mismo sabría descifrar.

Pulsión que corroe su propio instrumento,

afán que sitia y jaquea su propia sede…

Un mal que no conoce terapia ni redención

y lleva siglos incubando en un cuerpo al que hace sentir joven.

En ocasiones, escribe poesía:

la estás leyendo.

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Al abandonar un hotel

Aquí sólo estuve de paso, no tuve tiempo de considerar

si acaso fui feliz o desdichado: lo mismo daba.

Aquí, pese a haberme identificado al ingresar, no fui nadie.

Aquí experimenté la sosegada humillación de ser un número,

una abstracción que conocen prisioneros y enclaustrados.

Aquí usé lo que todos usaron: no pude elegir nada.

Aquí no fui llamado, buscado, reconocido. Mi existencia

se circunscribió a una estrecha habitación y un desayuno

que vanamente se esforzó por compensar calidad con cantidad.

Aquí el baño me resultó una plaza hostil, no un remanso.

De aquí me llevo apenas mi equipaje y un souvenir involuntario.

La vida es un tránsito necesario y ahora, al mirar atrás,

veo este edificio estereotipado y comprendo, algo perplejo,

que cuanto espacio abandono se desploma en el acto:

el aquí se traslada conmigo como un campo de fuerza

que irradia desde mí o que me encierra,

como un súper héroe o un insecto.

Dejo la llave en la conserjería.

Ciudad de Mendoza

Poesía de Aixa Rava en el número 8 de Costanza

Tempestad

 

 

Detrás del vidrio se entroniza el gris,

en una superposición de formas de cemento,

de humedad que chorrea y se hincha,

de grietas que enmudecen y agudizan.

El verde más verde se mueve y se moja,

siente el frío temblor de las hojas

y narra

entre las ramas

impulsos de manos, pechos blandos, encrucijadas.

En volátil sedición, destiñéndose

las nubes se evaporan desiguales,

ultrajadas, proteicas, desmembradas

—más profundas son las líneas

cuando están desdibujadas—

y suman manchas más grises,

más lilas, más blancas

para enterrarse en el cielo.

La calma sin combate se adueñó del tiempo,

presumo un suicidio de pájaros y ecos.

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El rastro

 

 

Me quedé

en esa llamada —etapa de la niña

il ritornello,

mirando el árbol

subiéndolo

reptándolo

uniéndolo al tiempo.

En el instante último encontré

el bucle infinito de los recuerdos

como un gusano que una y otra vez

pisa el rastro de sí mismo.

 

Así, toda la tarde

después de que te fuiste.

 

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Casi un sueño

 

 

Invitarte a escribir acá conmigo

en una hoja grande que ocupe

toda la mesa

con lapiceras que tengan tinta interminable

y una música roscada

de mar y bosque con viento.

Vos prepararías el mate

todo el rito en mi cocina que se inunda

del sol de la mañana:

yerba-agitar-sacar el polvo

la pava esconde burbujas

primer chorro

y la sonrisa del sabor

a la temperatura justa.

Ya no tendrías ese dolor en la rodilla

se habrían recuperado

todos tus cartílagos

te sentarías en el sillón y metódicamente

escribirías en tu cuidada letra de imprenta.

Parece imposible

una quimera.

Los años malos se ven por una lente

las cosas quedan lejos pero se agrandan

y pesan.

Una bolita emplomada se pierde

en la corteza del cerebro, navega

se ahoga y reaparece más allá

más acá, quién sabe, ¿no, papá?

 

Invitarte a escribir acá conmigo,

yo me siento otra vez como una nena y vos

tomás mi mano.

 

 

 

Poesía de Marcela Meroni, en el número 8 de Costanza

XXXVI

Huyo de la impiedad

de lo fijo

eterno

inmóvil

¿Se derretirán

muelles y túneles

en la ergonomía

de un párpado

cerrado?

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XXII

Veo

desde la ventanilla del taxi

el edificio de arriba

del Imperio Bar

bordes macizos

cortinas pesadas

recuerdo a Camilo

y su cama de hospital

y a Tsvietaieva

su madre

la música

descubrir

de niña

que una palabra

te lleva

a otra que nunca es

la cosa

que nombra

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I

Primero

la detención

como un camión hidrante

a dispersar

el intento

de aferrar

mis átomos

a las cosas

después

el más profundo hueco

del miedo

y la sed

vivo

supongo

en un único pulso

sístole

diástole

carne

aún

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Costanza Revista Literaria Número 8

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